El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Los que llevaban consigo a la muchacha ya sostenían sus tomahawks en alto, prestos para utilizarlos, haciendo alarde de esa malévola alegría propia de salvajes impíos; pero Magua les hizo desistir de sus intenciones. Tras desarmarles y arrojar las hachas por el precipicio, él mismo sacó su cuchillo y se volvió hacia su prisionera, mirándola con una expresión que delataba el conflicto de pasiones que tenía lugar en su interior.
—Mujer —le dijo—, escoge… La casa, ¡o el cuchillo de Le Subtil!
Cora ni le miró, sino que cayó de rodillas y levantó la vista al cielo, diciendo con voz humilde, aunque confiada:
—¡Soy tuya! ¡Haz lo que creas mejor!
—Mujer —repitió Magua con aspereza, intentando obligar a la muchacha a que dirigiese su sereno semblante hacia él—. ¡Escoge!