El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos A pesar de que, con el fin de llevar a cabo sus atrevidos planes de causar inconvenientes, el incansable empeño de los franceses les llevó incluso a enfrentarse a los distantes y difÃciles desfiladeros de las montañas Allegheny, puede imaginarse con facilidad que su afamada agudeza no pasarÃa por alto las ventajas naturales del distrito al que hemos aludido. De ahà el énfasis con el que se convirtió en el sangriento escenario de la mayorÃa de las batallas por el dominio de las colonias. Se erigieron fortalezas en los distintos puntos que marcaban la ruta más fácil, siendo tomadas y retomadas al asalto, derribadas y reconstruidas, con las victorias respectivas de las banderas contrincantes. Mientras el labrador rehuÃa los caminos peligrosos, manteniéndose dentro de los lÃmites más seguros de los asentamientos de mayor antigüedad, ejércitos más numerosos que aquellos que regentaban los gobiernos de las madres patrias se adentraban en la inmensidad de estos bosques, de los cuales rara vez regresaban sino como grupúsculos esqueléticos y destartalados, o hundidos en la amargura de la derrota. A pesar de que las artes de la paz eran desconocidas en esta fatÃdica región, sus bosques rezumaban vida humana; sus sombras y sus valles resonaban con el tono melódico de marchas militares, y el eco de la montaña devolvÃa la carcajada, o el grito rústico, de más de un mozo gallardo e inquieto, mientras pasaba por allÃ, en la plenitud de su ánimo, para luego dormirse en una larga noche de olvido.