Atrevida apuesta
Atrevida apuesta El interior de la mansión era aún más imponente. Pasillos interminables decorados con cuadros de paisajes y retratos familiares, lámparas de cristal que proyectaban destellos dorados sobre las paredes de mármol. Rosa MarÃa intentó mantener la compostura, pero el peso de su propia humildad parecÃa crecer con cada paso que daba.
—Mis padres están encantados de tenerte aquà —dijo Margarita, tomándola del brazo—. Por favor, no te preocupes, ellos son muy comprensivos.
Rosa MarÃa asintió con una débil sonrisa. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que no todos compartÃan esa calidez. Durante la cena, en el opulento comedor iluminado por un candelabro gigantesco, sintió cómo unas miradas la perforaban con cada palabra que decÃa.
—Asà que tú eres la amiga de Margarita —dijo Juan Carlos, con una voz tan elegante como afilada. Su sonrisa parecÃa cordial, pero sus ojos no ocultaban el juicio. Era el hermano mayor de Margarita, el heredero de la familia y, por lo que Rosa MarÃa habÃa escuchado, un hombre de carácter implacable.
—SÃ, mi señor —respondió Rosa MarÃa con la mayor cortesÃa que pudo reunir.
—Por favor, no me llames asÃ. Aquà somos familia —dijo, pero el tono sarcástico en su voz traicionaba sus palabras.
