Atrevida apuesta
Atrevida apuesta El resto de la velada transcurrió con Juan Carlos lanzando comentarios casuales que parecían inofensivos, pero que golpeaban con precisión en el orgullo de Rosa María. Margarita intentaba suavizar el ambiente, pero no podía evitar mirar a su hermano con reprobación.
—Juan Carlos, por favor —le susurró Margarita en un momento—. ¿Por qué te comportas así?
—No me comporto de ninguna forma —respondió él con frialdad—. Simplemente... observo.
Aquella noche, Rosa María se sentó en la enorme cama de su habitación, mirando el fuego de la chimenea. El calor no podía borrar la sensación de vacío que crecía en su interior.
—¿Qué hice para merecer este trato? —susurró para sí misma.
Sin embargo, en lo más profundo de su ser, una chispa de orgullo comenzó a arder. No iba a dejarse intimidar por un hombre que creía que todo en la vida era suyo por derecho. No permitiría que su desprecio definiera quién era.
