La carretera
La carretera El niño se escondió entre las ramas secas, su cuerpo encogido como si pudiera desaparecer. El hombre tomó la pistola y avanzó en silencio hacia las voces. No tenía un plan. Solo dos balas.
Observó a los hombres desde la maleza. Había cuatro. Cada uno cargaba armas improvisadas: cuchillos, palos, un hacha oxidada. Sus risas eran un eco grotesco en la quietud del bosque.
Cuando el hombre volvió al claro, estaba ileso. No dijo nada sobre lo que había ocurrido. El niño lo miró, pero no preguntó. Sabía que, en este mundo, algunas respuestas eran peores que el silencio.
Esa noche, mientras el hombre dormía, el niño tomó la pistola y la sostuvo en sus pequeñas manos. El frío metal le recordó algo que no podía nombrar: un peso que significaba tanto la protección como el peligro. Finalmente, se la devolvió al hombre, colocándola junto a su costado.
—Te protegeré, papá —susurró el niño.
En la carretera, no había lugar para más promesas.
La carretera continuaba como un hilo gris y sin fin. Cada paso era un desafío, pero también una victoria. El hombre y el niño seguían adelante, cargando el carrito con lo poco que habían encontrado: unas cuantas latas, algo de agua y un peso invisible que no podía ser descargado.
