La roja insignia del valor

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El soldado espectral permanecía a su lado como un reproche al acecho. Los ojos del hombre seguían fijos en lo desconocido. Su terrible rostro gris atraía la atención de la masa y los hombres, adaptándose a su paso lento y sombrío, caminaban con él. Discutían su situación, le preguntaban y le daban consejos. Él los repelía con obstinación, les hacía señas para que continuaran y le dejaran en paz. Las sombras de su rostro se acentuaban y sus labios apretados parecían contener el gemido de una desesperación absoluta. Se percibía cierta rigidez en los movimientos de su cuerpo, como si pusiera infinito cuidado en no avivar el ímpetu de sus heridas. A medida que avanzaba, parecía buscar sin descanso algún lugar concreto, como quien va a elegir su propia tumba.

Algo en los gestos de aquel hombre, mientras pedía a los soldados ensangrentados y compasivos que le dejaran en paz, provocó un sobresalto en el chico, como si alguien le mordiera.

Gritó horrorizado. Avanzó vacilante y posó su mano temblorosa sobre el brazo del hombre. Mientras el otro volvía lentamente hacia él sus lívidas facciones, el joven gritó:

—¡Dios mío! ¡Jim Conklin!

El soldado alto sonrió levemente.

—Hola, Henry —contestó.


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