La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El joven le miró aturdido, sintió que le flaqueaban las piernas. Tartamudeó y farfulló:
—Oh, Jim…, Jim…, Jim…
El soldado alto extendió su mano sanguinolenta, que tenÃa una peculiar combinación de rojo y negro, de sangre nueva y vieja.
—¿Dónde has estado, Henry? —le preguntó. Y continuó con voz monótona—. Pensé que tal vez te habrÃan matado. Ha sido todo horrible. Estaba muy preocupado.
El joven no dejaba de lamentarse.
—Oh, Jim…, Jim…, Jim…
—¿Sabes? —dijo el soldado alto—. Estuve allà —hizo un gesto, con cuidado—. Y, ¡madre mÃa! ¡Vaya circo! ¡Por todos los diablos, me dispararon, me dispararon! SÃ, me dispararon —reiteró este hecho con perplejidad, como si aún no comprendiera cómo habÃa podido ocurrir.
El joven le tendió ansioso los brazos para ayudarle, pero el soldado alto siguió tenazmente su camino, como si algo le empujara. Desde que el chico llegó para velar por su amigo, el resto de heridos perdió interés en su situación. Se afanaron de nuevo en arrastrar hacia la retaguardia su propia tragedia.