La roja insignia del valor
La roja insignia del valor De pronto, mientras los dos amigos caminaban juntos, el soldado alto sufrió un estremecimiento. Su rostro pareció transformarse en una pasta gris. Agarró firmemente el brazo del muchacho y miró a su alrededor, como si temiera que le escucharan. Entonces empezó a hablar con un susurro trémulo:
—Te diré lo que temo, Henry… Te diré lo que temo. Temo caer…, y ya sabes cómo son los malditos carros de los artilleros…, me pasarían por encima. Eso es lo que temo…
El chico le gritó histérico:
—¡Yo cuidaré de ti, Jim! ¡Yo cuidaré de ti! ¡Juro por Dios que lo haré!
—¿Seguro? ¿Lo harás, Henry? —le suplicó el soldado alto.
—Sí, sí, te lo prometo… ¡Yo cuidaré de ti, Jim! —insistió el joven. No lograba hablar bien, porque tenía un nudo en la garganta.
Pero el soldado alto continuó suplicándole en voz baja. Se colgó del brazo del muchacho como un bebé. Sus ojos permanecían perdidos en su terror desenfrenado.
—He sido un buen amigo, ¿verdad, Henry? He sido un buen tipo, ¿no es cierto? No es mucho pedir, ¿verdad? Sólo sacarme fuera de la carretera. Yo lo haría por ti, ¿verdad, Henry?