La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Hizo una pausa en la que esperó la respuesta de su amigo con lastimosa ansiedad. El joven había llegado a un nivel de angustia en el que los sollozos le quemaban por dentro. Se esforzó por expresar su lealtad, pero sólo pudo realizar gestos absurdos.
Sin embargo, el soldado alto de pronto pareció olvidar todos sus temores. Volvió a transformarse en el lúgubre y acechante espectro de un soldado. Volvió a caminar impávido. El muchacho quería que su amigo se apoyase en él, pero el otro se negaba siempre con la cabeza y, extrañamente, protestaba:
—No, no, déjame. Déjame…
Su mirada se fijaba de nuevo en lo desconocido. Se movía con un propósito misterioso y rechazaba todos los ofrecimientos del muchacho:
—No, no, déjame. Déjame…
El joven se veía obligado a seguirle.
De repente, escuchó una voz suave que le hablaba cerca del hombro. Al volverse, se dio cuenta de que pertenecía a aquel soldado andrajoso.
—Será mejor que lo saques de la carretera, compañero. Se acerca una batería a toda prisa y se lo llevará por delante. De todas formas, no le quedan más de cinco minutos… Salta a la vista. Más vale que lo saques de la carretera. ¿De dónde demonios sacará las fuerzas?