La roja insignia del valor
La roja insignia del valor —Sólo Dios lo sabe —exclamó el joven, sacudiendo las manos en un gesto de impotencia.
Al momento, corrió hasta alcanzar al soldado alto, a quien agarró del brazo.
—¡Jim! ¡Jim! —le rogó—. Ven conmigo.
El soldado alto trató débilmente de soltarse.
—¿Eh? —dijo con expresión ausente. Miró al muchacho un momento. Al final habló como si comprendiera vagamente—. ¡Ah! ¿A los campos? ¡Ah!
Comenzó a avanzar a ciegas a través de la hierba.
El chico se había vuelto para ver a los jinetes que fustigaban a sus caballos y a los trepidantes cañones de la batería. De pronto le sobresaltó el grito agudo del soldado harapiento, que le sacó de aquella contemplación.
—¡Dios mío! ¡Está corriendo!
El muchacho volvió rápidamente la cabeza y vio correr a su amigo dando tumbos, con torpeza, hacia un pequeño grupo de arbustos. Sintió que le daba un vuelco el corazón. Emitió un gemido de dolor. Él y el soldado harapiento fueron tras él, lo que dio lugar a una insólita persecución.
Cuando alcanzó al soldado alto, el chico comenzó a suplicarle con todas las palabras que se le ocurrieron.