La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Y el asunto quedó zanjado por esa noche.
Sin embargo, a la mañana siguiente se dirigió a un pueblo que se encontraba cerca de la granja de su madre y allí se alistó en una compañía que estaba formándose. Cuando volvió a casa su madre estaba ordeñando la vaca pinta. Otras cuatro esperaban.
—Madre, me he alistado —le anunció, cohibido.
Se produjo un silencio breve.
—Que se haga la voluntad del Señor, Henry —respondió ella finalmente, y continuó ordeñando la vaca pinta.
Al permanecer de pie en la puerta de entrada con el uniforme de soldado a la espalda y un fulgor ansioso y expectante en sus ojos, que casi derrotaba el brillo de añorante congoja hacia los lazos familiares, pudo ver cómo dos lágrimas dejaron su estela en el rostro ajado de su madre.
Aún así, le decepcionó que no le dijera nada sobre «volver con su escudo o sobre él[1]». Íntimamente se había preparado para una hermosa escena. Había preparado algunas frases que pensaba que podrían tener un efecto conmovedor. Pero las palabras de ella arruinaron sus planes. Continuó pelando patatas con obstinación y le dijo: