La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El andrajoso movió la mano.
—No, no me muero —dijo—. Sólo necesito un poco de sopa de guisantes y una buena cama. Un poco de sopa de guisantes —repitió como en una ensoñación.
El joven se levantó del suelo.
—Me pregunto por dónde vendrÃa. Yo lo dejé allà —señaló—. Y ahora lo encuentro aquÃ. Y, sin embargo, venÃa de allá —indicó una nueva dirección.
Ambos se volvieron hacia el cuerpo como con ánimo de hacerle la pregunta.
—Bueno —comentó finalmente el soldado harapiento—, no sirve de nada quedarnos aquà esperando a que nos responda…
El joven asintió con la cabeza, fatigado. Aún se quedaron un rato contemplando el cadáver.
El chico murmuró algo.
—Bueno, era un tÃo estupendo, ¿verdad? —dijo el harapiento a modo de respuesta.
Le dieron la espalda y comenzaron a alejarse. Durante un rato avanzaron sigilosamente, casi de puntillas. Allà se quedó el cadáver, riéndose sobre la hierba.
—Empiezo a sentirme bastante mal —confesó el andrajoso, rompiendo de pronto uno de sus cortos silencios—. Estoy empezando a sentirme bastante mal, maldita sea.
El joven lanzó un gemido.
—¡Oh, Dios mÃo!