La roja insignia del valor
La roja insignia del valor EL SOLDADO HARAPIENTO permanecĂa de pie, meditabundo.
—Bueno, era un gran soldado, ¿verdad? —dijo finalmente con la vocecita sobrecogida—. Un soldado fenomenal.
Pensativo, golpeĂł cuidadosamente con el pie una de las dĂłciles manos.
—Me pregunto de dĂłnde sacaba su fuerza. Nunca habĂa visto hacer algo asĂ a un hombre. Ha sido todo muy extraño. En fin, era un soldado fenomenal.
El chico deseĂł gritar para, asĂ, desahogar su pena. Se sentĂa lacerado, pero su lengua yacĂa muerta en la tumba de su boca. VolviĂł a tirarse al suelo para rumiar su dolor.
El soldado seguĂa de pie, meditabundo.
—Mira, compañero —dijo al cabo de un rato, mirando hacia el cadáver—. Él ya se ha ido. Y tal vez nosotros deberĂamos empezar a pensar en nuestro propio pellejo. AquĂ ya se ha terminado todo. Se ha ido. Y aquĂ está bien. En este sitio nadie le molestará. Y debo decir que en este momento yo tampoco tengo una salud de hierro.
El joven, despertado por la voz del soldado andrajoso, alzĂł la vista al instante. Vio que vacilaba sobre sus piernas y que el rostro se le habĂa vuelto azul.
—¡Por amor de Dios! —gritó—. Tú no vas a… no, tú no.