La roja insignia del valor

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—Tú tampoco tienes buen aspecto —dijo al cabo de un rato el soldado harapiento—. Me apuesto lo que sea a que tienes algo peor de lo que piensas. Deberías preocuparte de tu herida. Estas cosas no deben dejarse de cualquier manera. Puede que lo peor esté por dentro, y eso es como una bomba. ¿Dónde la tienes? —Pero continuó con su perorata sin esperar respuesta—. Una vez, cuando mi regimiento estaba descansando, vi cómo alcanzaban a un tipo en toda la cabeza. Y todo el mundo le gritaba: «¿Te han herido, John? ¿Estás muy malherido?». «No», decía él. Parecía sorprendido y empezó a explicar cómo se sentía. Decía que él no sentía nada. Pero cuando se quiso dar cuenta ya estaba muerto. Sí, estaba muerto, muerto. Puede que tú también tengas una especie de herida rara. Nunca se sabe. ¿Dónde la tienes?

El joven, que había estado sufriendo desde que el andrajoso comenzó a hablar de aquel asunto, dio un grito exasperado e hizo un ademán furioso con la mano.

—¡Oh, no me molestes! —replicó. Se sentía enfurecido con el soldado harapiento, podría haberle estrangulado. Todos sus compañeros siempre parecían representar papeles intolerables. Con el aguijón de la curiosidad, conseguían resucitar constantemente el fantasma de su deshonra. Se volvió hacia el harapiento como si se sintiese entre la espada y la pared—. No, no me molestes —repitió con el aire de una amenaza desesperada.


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