La roja insignia del valor
La roja insignia del valor —Bueno, Dios sabe que yo no quiero molestar a nadie —dijo el otro y en su voz habÃa cierto tono de desaliento—. Bastante tengo ya con lo mÃo.
El muchacho, que habÃa sostenido una amarga lucha interna mientras lanzaba miradas de odio y desprecio al andrajoso, habló entonces con voz dura.
—Adiós —dijo.
El soldado harapiento le miró con sorpresa, boquiabierto.
—Pero ¿por qué, compañero? ¿Adónde vas? —preguntó vacilante.
El joven, al mirarle, vio que, como el otro, él también comenzaba a actuar de manera obtusa, irracional. Al parecer, los pensamientos flotaban dentro de su cabeza sin orden ni concierto.
—No…, no…, mira, tú, Tom Jamison… No voy a tolerar esto… No es posible. ¿A dónde?… ¿A dónde vas?
El joven señaló vagamente.
—Allà —contestó.