La roja insignia del valor
La roja insignia del valor —Bueno, mira para acá…, mira —dijo el andrajoso atontado, divagando. La cabeza le colgaba hacia delante y arrastraba las palabras—. Esto no es posible, Tom Jamison. No lo es. Te conozco, eres tozudo como una mula endemoniada. Quieres pasearte por ahà con una herida grave. Eso no está bien…, Tom Jamison…, no lo está. Tienes que dejar que cuide de ti, Tom Jamison. No está bien… No es bueno para ti pasearte por ahà con una herida grave… No está…, no está…, no está… bien.
Por toda respuesta, el joven saltó una valla y se alejó. PodÃa oÃr al harapiento balbucear lastimeramente.
Hubo un momento en que dio media vuelta, enfurecido.
—¿Qué?
—Mira, Tom Jamison…, no está…
El joven continuó andando. Al volverse de nuevo en la distancia, vio vagar por el campo sin rumbo al andrajoso.
Entonces pensó que deseaba estar muerto. Creyó envidiar a esos hombres cuyos cuerpos yacÃan desparramados sobre la hierba de los campos y las hojas caÃdas del bosque.