La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Sus piernas flaquearon como sin vida y cayó al suelo retorciéndose. Trató de levantarse. En su lucha contra el dolor entumecedor parecía alguien que peleara contra una criatura aérea.
Era un combate siniestro.
A veces conseguía erguirse casi por completo, se batía un instante contra el aire y se desplomaba de nuevo, agarrándose a la hierba. Su rostro presentaba una palidez viscosa. Hondos gemidos salían de su interior.
Por fin, consiguió ponerse a cuatro patas con una torsión y desde esa postura, como un bebé que intentara caminar, se incorporó. Con las manos en las sienes, avanzó sobre la hierba, dando tumbos.
Libraba una intensa batalla contra su propio cuerpo. Sus sentidos, embotados, le pedían que se desvaneciera, pero él se oponía tercamente porque su mente imaginaba insospechados peligros y mutilaciones si se desplomaba. Avanzaba como el soldado alto, en busca de un lugar retirado en el que dejarse caer sin ser molestado. Y en esa búsqueda peleó contra la marea de dolor que le inundaba.
En una ocasión se puso la mano sobre la cabeza y palpó la herida. Sintió un dolor lacerante y respiró profundamente a través de los dientes apretados. Observó con atención los dedos empapados en sangre.