La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El joven, después de correr de un lado para otro y lanzar preguntas a los aturdidos grupos de infanterÃa en retirada, sin obtener su atención, agarró finalmente por el brazo a uno de los hombres. Se miraron a la cara.
—¿Qué ocurre?… ¿Qué pasa? —tartamudeó el muchacho, luchando contra la rebeldÃa de su lengua.
El hombre gritó:
—¡Suéltame! ¡Suéltame!
Su rostro estaba lÃvido y sus ojos giraban descontrolados. Respiraba con dificultad, resollaba. Aún se aferraba a su rifle, acaso porque se habÃa olvidado de soltarlo. Dio unos tirones frenéticos que obligaron al muchacho a doblarse hacia delante y luego lo arrastró varios pasos.
—¡Suéltame! ¡Suéltame!
—¿Qué ha pasado?… ¿Por qué…? —farfulló el muchacho.
—¡Muy bien! —vociferó el hombre ciego de ira. Blandió su rifle fiera y hábilmente y lo estrelló contra la cabeza del muchacho. Luego reanudó la carrera.
El chico, cuyos dedos se habÃa convertido en pegamento sobre el brazo del otro, sintió que la energÃa abandonaba sus músculos. Vio las alas flamÃgeras de un relámpago cruzar vertiginosamente ante sus ojos. Y sintió en su cabeza el estruendo sordo de un trueno.