La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Al dejar atrás aquella escena, el muchacho escuchó de pronto el rugido de los cañones. Se los imaginó sacudidos por una negra cólera. Estaban eructando y bufando como demonios de bronce a las puertas del infierno. Su tremenda protesta irrumpía en la suavidad del aire. Y con ella llegaba el desgarrador estrépito de la infantería enemiga. Se volvió para mirar tras de sí y vio lenguas de luz naranja que iluminaban la sombría lejanía. Súbitos y sutiles relámpagos surcaban el aire distante. Y, en ocasiones, creyó ver masas palpitantes de hombres.
Aceleró el paso en la oscuridad. El día se había desvanecido, apenas podía distinguir ya por dónde pisaba. La penumbra purpúrea estaba llena de hombres soltando discursos y manteniendo charlas disparatadas. A veces podía verlos gesticular contra un cielo azul y sombrío. Parecía haber numerosos hombres y gran cantidad de munición diseminados por el bosque y por los campos.
La carretera pequeña y estrecha aparecía ahora sin vida. Encontró carretas volcadas, como rocas secándose al sol. El lecho del torrente previo estaba atestado de cuerpos de caballos y piezas astilladas de las máquinas de guerra.