La roja insignia del valor
La roja insignia del valor —Ah, aquà está —dijo. Y continuó examinando con torpeza—. Sólo es eso —añadió en ese momento—. La bala te ha rozado. Te ha salido un chichón muy raro, como si un tipo te hubiese dado un garrotazo. Hace tiempo que ha dejado de sangrar. Lo peor que te puede pasar es que mañana ni siquiera te valga un sombrero de la talla diez. Te arderá la cabeza y la notarás tan seca como un tocino chamuscado. Y puede que por la mañana tengas otros muchos sÃntomas. Nunca se sabe. Aún asÃ, no lo creo. No es más que un buen golpetazo en la cabeza, nada más. Ahora, siéntate y no te muevas. Mientras, voy a buscar al relevo. Luego le diré a Wilson que venga para que cuide de ti.
El cabo se fue. El joven permaneció en el suelo como un fardo. Miraba al fuego con ojos ausentes.
Después de un rato se despertó a medias y las cosas que le rodeaban comenzaron a tomar forma. Vio que el suelo, invadido por la sombra, estaba atestado de hombres echados en todas las posturas concebibles. Mirando detenidamente hacia la oscura lejanÃa, de vez en cuando percibÃa rostros pálidos y fantasmagóricos que aparecÃan iluminados por brillos fosforescentes. Mostraban en sus rasgos el profundo estupor de los soldados agotados. Para un observador etéreo habrÃa sido la escena resultante tras una orgÃa abominable.