La roja insignia del valor
La roja insignia del valor —Que duerma en mi manta, Simpson. Y, espera un momento, aquà tienes mi cantimplora. Está llena de café. MÃrale la cabeza al fuego para ver qué aspecto tiene. Tal vez sea algo serio. En un par de minutos, cuando me releven, vuelvo y me hago cargo de él.
Los sentidos del muchacho estaban tan insensibilizados que la voz de su amigo le llegaba desde lejos y casi no podÃa sentir la presión del brazo del cabo. Se rindió pasivamente a la fuerza directora del otro hombre. Llevaba la cabeza como antes, reclinada en el pecho. Le temblaban las piernas.
El cabo le guió hasta el resplandor del fuego.
—A ver, Henry, vamos a echarle un vistazo a tu pobre cabeza.
El joven se sentó obediente y el cabo, dejando a un lado su fusil, hurgó en el tupido cabello de su camarada. Le movió la cabeza para que la luz de la hoguera la iluminara de lleno. Torció la boca con aire crÃtico. Frunció los labios y dejó escapar un silbido entre dientes cuando sus dedos tocaron la sangre derramada y la extraña herida.