La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El fuego crepitaba musicalmente. Desprendía un humo ligero. En lo alto, el follaje se movía con suavidad. Las hojas, con sus haces dirigidos hacia las llamas, se agitaban con un tono plateado bordeado a menudo por el rojo. A lo lejos, hacia la derecha, a través de un claro en el bosque, podía verse un puñado de estrellas como brillantes guijarros en la llanura negra de la noche.
Ocasionalmente, en aquel lugar abovedado, un soldado se despertaba y cambiaba de postura, conocedor, mediante el sueño, de los desniveles del terreno bajo su cuerpo. O quizás se incorporaba hasta quedar sentado, parpadeaba estúpidamente unos instantes frente al fuego, echaba un rápido vistazo a su compañero postrado y se acurrucaba de nuevo a su lado con un gruñido de somnolienta satisfacción.
Desamparado, el muchacho permaneció sentado hasta que su amigo, el soldado gritón, llegó con dos cantimploras que se balanceaban en sus finas correas.
—Bueno, Henry —dijo—, en un minuto estarás como nuevo.