La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Se comportaba con el ajetreo de una enfermera aficionada. Se afanaba con el fuego, atizando los troncos hasta que lanzaron resplandecientes llamaradas. Dio de beber a su paciente abundante café de la cantimplora. Para el muchacho fue un trago delicioso. Inclinó la cabeza hacia atrás y mantuvo la cantimplora largo rato en los labios. La infusión refrescante acarició su garganta reseca. Al terminar, suspiró con reconfortante alivio.
El joven soldado chillón contemplaba a su camarada con aire de satisfacción. Después sacó un enorme pañuelo del bolsillo. Lo dobló a modo de vendaje y lo empapó con agua de la otra cantimplora. Colocó el rudimentario apaño en la cabeza del muchacho y le hizo en la nuca un nudo estrafalario.
—Ya está —dijo apartándose para contemplar su obra—, tienes un aspecto horrible, pero apuesto lo que sea a que te sientes mejor.
El joven contempló a su amigo con agradecimiento. Sobre su cabeza dolorida e hinchada, el paño frío era como la mano suave de una mujer.
—No hace falta que digas nada —dijo su amigo con aprobación—, sé que cuidando enfermos soy peor que un herrero y tú no te has quejado en absoluto. Eres un buen tipo, Henry. La mayoría de los hombres llevarían ya mucho tiempo en el hospital. Un disparo en la cabeza no es ninguna tontería.