La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El joven no contestó, pero comenzó a juguetear con los botones de la chaqueta.
—Bueno, ven —continuó su amigo—, vamos, debo llevarte a la cama y asegurarme de que pasas una buena noche de descanso.
El chico se incorporó con cuidado y el joven soldado gritón le guió entre las formas durmientes que yacÃan en grupos y en hileras. De pronto se agachó y agarró sus mantas. Extendió sobre el terreno la de hule y puso la de lana sobre los hombros del muchacho.
—Ale, venga —dijo—, túmbate y duerme un poco.
El muchacho, con obediencia perruna, se tendió cuidadosamente, como una vieja encorvada. Se estiró con un murmullo de alivio y comodidad. SentÃa el suelo como la cama más cómoda.
Pero de pronto exclamó:
—Espera un momento, ¿dónde vas a dormir tú?
Su amigo agitó la mano con impaciencia.
—Aquà mismo, junto a ti.
—Vale, pero espera un momento —continuó el joven—, ¿en qué vas a dormir? Yo tengo tu…
—Cállate y duerme —gruñó el soldado chillón.
Y añadió con aire severo:
—Y déjate de estupideces.