La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Terminó por verse como una mera pieza de una vasta manifestación azul. Su cometido era cuidar, en la medida de lo posible, de su propio bienestar. Para entretenerse podía hacer girar los pulgares uno sobre el otro y así especular sobre qué pensamientos perturbarían las mentes de los generales. Estaban, además, las permanentes llamadas a la instrucción y más instrucción y los pases de revista y más pases de revista.
Los únicos enemigos que vio fueron algunas patrullas de centinelas a lo largo de las riberas. Eran un grupo meditabundo y de piel curtida por el sol, que de vez en cuando disparaba contra las patrullas azules. Cuando se les reprochaba este hecho, generalmente expresaban pesar y juraban en nombre de sus dioses que las armas se les habían disparado accidentalmente. Una noche en la que estaba de guardia, el joven conversó con uno de ellos desde la orilla opuesta. Se trataba de un hombre algo harapiento, que escupía con destreza entre sus botas y que poseía grandes dosis de desenvoltura infantil y suave.
Al joven le gustó aquel hombre.
—Yanky —le dijo el otro—, eres un buen tipo.
Este sentimiento, que flotó hacia él en el aire quieto, por un instante le hizo lamentar la guerra.