La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Reflexionó con piedad, condescendiente: «¡Qué lástima! ¡Qué lástima! El pobre diablo lo está pasando muy mal».
Después de este incidente y mientras volvía a rememorar las imágenes de la batalla que había presenciado, se sintió capaz de regresar a su hogar y hacer vibrar con sus narraciones bélicas los corazones de la gente. Se imaginaba en una habitación de colores cálidos, mientras contaba historias ante un auditorio atento. Podría incluso exhibir laureles. Serían insignificantes, pero en un distrito en el que los laureles no abundaban, tal vez brillasen.
Veía a su público boquiabierto, imaginándole a él como protagonista de violentas escenas. E imaginaba el terror y las exclamaciones de su madre y de la muchacha de la escuela mientras absorbían su declamación. Se les vendría abajo esa vaga idea femenina del amado, capaz de realizar valerosas hazañas en el campo de batalla sin poner en peligro su vida.