La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Salió de su ensueño al advertir que su amigo se movía nerviosamente de un lado para otro. El amigo estuvo mirando fijamente hacia los árboles durante un rato, de pronto carraspeó y habló.
—¡Fleming!
—¿Qué?
El amigo se llevó la mano a la boca y tosió de nuevo. Se movía inquieto.
—Bueno —dijo al fin—, supongo que podrías devolverme las cartas —la ardiente y oscura sangre ruborizaba sus mejillas y su frente.
—De acuerdo, Wilson —dijo el chico. Desabrochó dos botones de su guerrera, metió la mano y sacó el paquete. Mientras se lo daba, su amigo apartó la vista.
Había entregado lentamente el paquete para urdir entretanto un comentario al respecto. No se le ocurrió nada brillante. Sintió la necesidad de que su amigo escapara con su paquete sin ser importunado. Aquello acrecentó su propia estima. Había sido un acto de generosidad.
A su lado, su amigo parecía sufrir una vergüenza tremenda. Al contemplarle, el joven sintió que su corazón se robustecía. Él nunca había sentido un rubor semejante por sus actos; era un hombre extremadamente virtuoso.