La roja insignia del valor
La roja insignia del valor No pensó mucho en las batallas inminentes que se cernían sobre él. No le pareció esencial planear su actitud frente a ellas. Había aprendido que muchas de las obligaciones de la vida podían evitarse con facilidad. La lección del día anterior era que la justicia es lenta y ciega. Con estas apreciaciones, no consideró necesario obcecarse en las posibilidades de las próximas veinticuatro horas. Podía dejar un amplio margen en manos del azar. Además, la fe en sí mismo había florecido secretamente. Una pequeña flor de confianza crecía en su interior. Había estado ahí fuera con los dragones, se dijo, y no eran tan horribles como los había imaginado. Además resultaban poco certeros; no herían con precisión. Un corazón intrépido a menudo resistía y, al resistir, escapaba.
Y, lo que es más, ¿cómo iban a matarle a él, elegido de los dioses y predestinado para la gloria?
Recordó cómo otros hombres habían huido de la batalla.
Al rememorar sus caras aterradas, sintió que los despreciaba. Con certeza, habían sido más rápidos y más desaforados de lo estrictamente necesario. Eran débiles mortales. Él, por su parte, había huido con discreción y dignidad.