La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Su orgullo estaba ya completamente restaurado. A la sombra de su floreciente crecimiento se mantenía con las piernas vigorosas y llenas de seguridad y, como nadie podría descubrir nada, no se amilanó ante la idea de una mirada inquisitiva: ya no permitiría que sus pensamientos le apartasen de aquella sensación de hombría. Sus errores habían tenido lugar en la oscuridad, de modo que seguía siendo un hombre.
Ciertamente, cuando recordó sus vicisitudes del día anterior, y las contempló desde la distancia, comenzó a ver en ellas aspectos positivos. Podía permitirse ser presuntuoso y darse aires de veteranía.
Dejó a un lado las preocupaciones que le atormentaron en el pasado.
Se dijo que sólo los condenados y los malditos gritaban con sinceridad contra el destino. Salvo ellos, pocos lo hacían. Un hombre con el estómago lleno y el respeto de sus semejantes, nunca se rebelaría contra lo que considerase errado en el Universo o en la sociedad. Que protesten los desafortunados; los demás que jueguen a las canicas.