La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Temía mucho a su amigo, porque sus preguntas habrían herido fácilmente sus sentimientos. Ahora estaba convencido de que su amigo, tan cambiado, no le atormentaría con una curiosidad persistente, pero también sabía que en la primera ocasión de inactividad, le pediría que le relatase sus aventuras del día anterior.
Se regocijaba íntimamente de disponer de una pequeña arma con la que abatir a su camarada al mínimo indicio de un interrogatorio. Él era el que mandaba. Ahora era él quien podía reírse y disparar alfilerazos burlescos.
El amigo, en una hora de debilidad, había hablado entre sollozos de su propia muerte. Pronunció un discurso melancólico previo a su funeral y, sin duda, regalaba aquel paquete de cartas como recuerdo para sus familiares. Pero no había fallecido, de manera que ahora estaba en manos del chico.
Se sintió enormemente superior a su amigo, pero se inclinó por la condescendencia. Adoptó con él un aire compasivo de buen humor.