La roja insignia del valor
La roja insignia del valor EL REGIMIENTO PERMANECÍA FORMADO a un lado de la carretera, esperando recibir la orden de marchar cuando, de pronto, el muchacho recordó el pequeño paquete envuelto en un sobre amarillento y descolorido que el joven soldado gritón le había confiado con palabras sombrías. Dio un respingo. Exhaló una exclamación y se volvió hacia su camarada.
—¡Wilson!
—¿Qué?
Su amigo, a su lado en la formación, contemplaba la carretera con aire pensativo. Por alguna razón su expresión era en ese momento de suma mansedumbre. El muchacho, al mirarlo de reojo, se sintió impelido a cambiar de intenciones.
—No, nada —dijo.
Su amigo volvió la cabeza con sorpresa.
—¿Qué? ¿Qué ibas a decir?
—No, nada —repitió el joven.
Decidió no importunarle con aquello. Le bastaba con que el hecho le procurara una alegría íntima. No era necesario contrariar a su amigo con aquel paquete que había depositado en las manos equivocadas.