La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El ruido de los disparos les pisaba los talones. A veces parecía que se alejaba un poco, pero siempre regresaba con renovada insolencia. Los hombres refunfuñaban, blasfemaban y lanzaban miradas sombrías en aquella dirección.
Al alcanzar un claro, las tropas por fin se detuvieron. Los regimientos y las brigadas que se habían roto y desperdigado para sortear los matorrales, se reunieron de nuevo y las filas formaron dándole la cara al fragor persecutorio de la infantería enemiga.
Aquel ruido parecía el ladrido perseguidor de una jauría ansiosa y metálica y aumentó hasta transformarse en un estrepitoso y alegre estallido; entonces, mientras el sol se alzaba sereno en el cielo e iluminaba con sus rayos los lóbregos matorrales, irrumpió un prolongado estruendo. El bosque comenzó a crepitar como devorado por las llamas.
—¡Viva! —dijo un hombre—. ¡Aquí estamos! ¡Todo el mundo a pelear! ¡Sangre y destrucción!
—Estaba seguro de que atacarían tan pronto como saliese el sol —afirmó drásticamente el teniente que dirigía la compañía del muchacho. Daba tirones inclementes a su pequeño bigote. Paseaba con oscura dignidad de un lado para otro a la espalda de sus hombres, tendidos tras las protecciones que habían podido encontrar.