La roja insignia del valor
La roja insignia del valor —A lo mejor te crees que en la batalla sólo peleaste tú, Fleming.
El comentario hirió al muchacho. Íntimamente, aquellas palabras casuales le hicieron sentirse un ser abyecto. Le temblaron las piernas. Lanzó una mirada asustada al hombre sarcástico.
—Claro que no —se apresuró a decir con voz conciliadora—. No creo ser el único que luchó ayer.
Pero el otro no parecía tratar de sugerir algún mensaje ulterior. Aparentemente, nada sabía del chico. Sólo actuaba por costumbre.
—¡Ah! —contestó en el mismo tono de tranquila burla.
El joven, a pesar de todo, se sintió amenazado. Su mente se estremecía ante la cercanía del peligro y, a partir de entonces, permaneció en silencio. La trascendencia de las palabras del soldado sarcástico le quitaron los enérgicos humos con que había llamado la atención del resto. De pronto se volvió modesto.
Se sucedían las conversaciones en voz baja entre las tropas. Los oficiales se mostraban impacientes e irascibles, sus rasgos se oscurecían con las narraciones de las adversidades. Las tropas, que se adentraban en el bosque, marchaban sombrías. En una ocasión, resonó la risa de un hombre en la compañía del joven. Con vago desagrado, una docena de soldados se volvieron instantáneamente hacia él, poniéndole mala cara.