La roja insignia del valor

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CAPÍTULO 17

AL CHICO, EL AVANCE DEL ENEMIGO le parecía una caza despiadada. Ardía de rabia y exasperación. Golpeaba el suelo con el pie y fruncía el ceño con odio hacia el humo arremolinado que se acercaba como un diluvio fantasmagórico. Resultaba desesperante la determinación del enemigo de no permitirle el descanso, de no dejarle un momento para sentarse y reflexionar. El día anterior había luchado y, enseguida, había huido. Vivió muchas aventuras. Consideraba que se había ganado el derecho a disfrutar de un reposo contemplativo. Le habría gustado narrar a un público inexperto algunas escenas de las que había sido testigo, o discutir hábilmente sobre los procedimientos bélicos con otros hombres experimentados. Además, necesitaba algo de tiempo para recuperarse físicamente. Se encontraba dolorido y entumecido por tantas experiencias. Estaba harto de tanto esfuerzo, ahora quería descansar.

Pero aquellos hombres no parecían cansarse nunca; luchaban con la diligencia de siempre. Sintió un odio salvaje contra el enemigo implacable. El día anterior había odiado al universo, imaginándolo en su contra, y a los pequeños y grandes dioses. Hoy aborrecía al ejército enemigo con el mismo odio encarnizado. Se dijo que no iban a jugar con su vida como los niños con los gatitos. No era conveniente llevar a un hombre a una situación extrema; enseñaría entonces las uñas y los dientes.


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