La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Tumbado, se deleitó en las miradas que de vez en cuando le dirigÃan sus camaradas. A causa de la pólvora quemada, los rostros mostraban diversos grados de negrura. Algunos estaban realmente sucios. Empapados de sudor, respiraban ásperamente, con dificultad. Y desde aquella suciedad le observaban.
—¡Estupendo trabajo! ¡Estupendo trabajo! —gritó el teniente delirante. Caminaba arriba y abajo, inquieto e impaciente. A veces su voz rompÃa en una carcajada salvaje e incomprensible.
Y cada vez que se le ocurrÃa un pensamiento particularmente profundo sobre la ciencia de la guerra, se lo comunicaba automáticamente al muchacho.
Una suerte de macabro regocijo contagiaba a los hombres.
—Demonios, apuesto lo que sea a que el ejercito nunca tendrá un regimiento de novatos como el nuestro.
—¡Desde luego!
—Al perro, a la mujer y al nogal cuanto más les golpeas, mejor van[4].
—Igual que nosotros.
—Han perdido muchos hombres, sà señor. Si una vieja barriera los bosques ahora sacarÃa un montón de ellos.
—SÃ, y si volviera dentro de una hora, se llevarÃa otro montón más.