La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Poco después, el pequeño y estridente grupo de jinetes llegó hasta donde se hallaban los dos soldados. Otro oficial, que montaba con la hábil indiferencia de un vaquero, llegó al galope hasta situarse frente al general. Los dos soldados, inadvertidos, hicieron como si prosiguieran su camino, pero se demoraron con ánimo de escuchar la conversación. Acaso fuera a decirse algo de importancia histórica.
El general, que los muchachos reconocieron como el jefe de su división, miró fijamente al otro oficial y le habló con calma, como si le estuviera censurando el atuendo.
—El enemigo está tomando posiciones allí para atacar de nuevo —dijo—. Van a cargar contra Whiterside, y me temo que se abrirán paso a menos que peleemos como jabatos.
El otro maldijo a su inquieto caballo y luego se aclaró la garganta. Se llevó la mano hasta la gorra.
—Va a costarnos caro tratar de detenerlos —dijo, lacónico.
—Eso me temo —contestó el general.
Luego habló rápidamente en tono más bajo. Frecuentemente señalaba con el dedo para ilustrar sus palabras. Los dos soldados de infantería no consiguieron escuchar nada, hasta que preguntó:
—¿Qué tropas no le hacen falta?