La roja insignia del valor
La roja insignia del valor —¿Cruzarlo? —frunció el labio con duda y temor.
—Eso es. Tan solo cruzar ese trecho. No podemos quedarnos aquà —le gritó el teniente. TenÃa su cara casi pegada a la del joven y agitaba la mano vendada—. ¡Vamos!
Forcejeó entonces con el muchacho igual que en un combate pugilÃstico, como si pretendiese llevarle de la oreja al asalto.
El joven sintió una indignación indescriptible contra su oficial. Se debatió ferozmente y se lo quitó de encima.
—Venga usted también, entonces —chilló. Su voz contenÃa un desafÃo amargo.
Corrieron juntos al frente del regimiento. El amigo aceleró el paso tras ellos. Delante de la bandera, los tres hombres comenzaron a bramar:
—¡Adelante! ¡Adelante! —se movÃan y hacÃan aspavientos como poseÃdos.
La bandera, obediente a estas llamadas, inclinó su resplandeciente figura y avanzó hacia ellos. Los hombres vacilaron por un instante, y luego, con un largo y quejumbroso grito, el esquilmado regimiento se puso en movimiento y emprendió un nuevo viaje.