La roja insignia del valor
La roja insignia del valor La formación continuó con su penoso avance hasta que un claro se interpuso entre ellos y las aguerridas lÃneas enemigas. Se aferraron desesperadamente a su posición, agachándose y encogiéndose tras algunos árboles, como amenazados por una ola. TenÃan los ojos desorbitados, como si no terminaran de creerse el furioso alboroto que sólo ellos habÃan provocado. Aquella tormenta demostraba irónicamente su importancia. También los semblantes mostraban que no se sentÃan responsables de estar allÃ. Como si los hubiesen llevado a la fuerza. El animal que llevaban dentro, ahora al mando, era incapaz de recordar las poderosas razones de tantas manifestaciones externas. Para muchos, todo aquello resultaba incomprensible.
Al verlos inactivos, el teniente comenzó de nuevo a blasfemar a gritos. Sin tener en cuenta la vengativa amenaza de las balas, deambuló de un lado para otro dándoles ánimos, reprendiéndoles y maldiciéndoles. Sus labios, que habitualmente dibujaban una sonrisa suave e infantil, se crisparon ahora en una mueca imposible. Juraba en nombre de todas las deidades posibles.
En una ocasión agarró al joven por el brazo.
—¡Vamos, cabeza de chorlito! —rugió—. ¡Vamos! Nos van a matar a todos si nos quedamos aquÃ. Sólo tenemos que atravesar ese trecho y luego… —el resto de la idea se perdió en un alud de maldiciones.
El joven extendió el brazo.