La roja insignia del valor
La roja insignia del valor CUANDO LOS DOS JÓVENES se volvieron con la bandera vieron que la mayor parte del regimiento se había desgajado y que el resto, desalentado, retrocedía lentamente. Los hombres, tras haberse lanzado como proyectiles, habían agotado sus fuerzas. Se retiraban despacio, mirando aún hacia el bosque crepitante y respondiendo todavía al estruendo con sus fusiles candentes. Varios oficiales daban órdenes a voz en grito.
—¿Dónde demonios os creéis que vais? —el teniente les increpó con un aullido sarcástico.
Y un oficial de barba roja, cuya voz estridente era perfectamente audible, repitió una orden:
—¡Disparadles! ¡Disparadles, malditas sean sus almas!
Del barullo de voces surgían órdenes contradictorias e imposibles de cumplir para los hombres.
El joven y su amigo libraban un pequeño litigio en torno a la bandera.
—¡Dámela!
—¡No, deja que me la quede yo!
Ambos habrían aceptado de buen grado que el otro la llevara, pero sentían la obligación de declarar, mediante aquel afán por enarbolar la enseña, su disposición a correr aún mayores peligros. El joven, finalmente, apartó a su amigo bruscamente.