La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El regimiento se replegó hacia los árboles impasibles. Se detuvo allí un momento para disparar contra algunas figuras oscuras que habían comenzado a acercarse furtivamente tras sus pasos. Inmediatamente continuó su marcha, serpenteando entre los troncos de los árboles. Para cuando el desgajado regimiento alcanzó de nuevo el primer claro, volvió a recibir un fuego rápido e inclemente. Parecía que por todas partes hubiese turbas enemigas.
La mayor parte de los hombres, desfallecidos, agotados por tanta baraúnda, actuaban como aturdidos. Aceptaban la lluvia de balas con la cabeza baja y un aire hastiado. No se podía luchar contra un muro. De nada servía batirse contra el granito. Y de la conciencia de que habían estado tratando de conquistar lo inconquistable, pareció aflorar en ellos la sospecha de que les habían traicionado. Ceñudos, de soslayo, pero con aire amenazante, miraban hacia algunos oficiales, especialmente al de barba pelirroja y voz estridente.