La roja insignia del valor

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Vieron cómo el coronel se enderezaba y alzaba una mano con ademán de orador. Tenía un aspecto ofendido, como si fuera un diácono acusado de robo. Los hombres, inquietos, asistían a la escena extasiados por la emoción.

Pero, de pronto, la actitud del coronel cambió, pasó de la de un diácono a la de un francés. Se encogió de hombros.

—Bueno, general, fuimos todo lo lejos que pudimos —respondió con calma.

—¿Todo lo lejos que pudieron? ¿De verdad? ¡Maldita sea! —gruñó el otro—. Pues no se puede decir que llegaran muy lejos, ¿no? —añadió, lanzando una helada mirada de desprecio al otro—. No, desde mi punto de vista, no muy lejos. Se le encomendó distraer al enemigo en favor de Whiterside. Juzgue usted ahora, con sus propios oídos, el éxito de su misión…

Dio media vuelta a su caballo y se alejó cabalgando con el cuerpo rígido.

El coronel, convidado a escuchar los trepidantes ruidos del combate que se desarrollaba hacia la izquierda del bosque, se desahogó con vagas maldiciones.

El teniente, que había estado escuchando con rabia impotente la conversación, habló de pronto en tono firme y osado.


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