La roja insignia del valor

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—Me da igual quién sea ese hombre, general o lo que sea, si dice que los chicos no han peleado bien, es un maldito imbécil.

—Teniente —replicó el coronel, con severidad—, esto es asunto mío, no me obligue a reprenderle…

El teniente hizo un gesto de obediencia.

—De acuerdo, coronel, de acuerdo —dijo.

Y se sentó, con aire de estar íntimamente satisfecho.

Pronto corrió por la formación la noticia de que el regimiento había sido duramente amonestado. Los hombres reaccionaron durante un tiempo con estupor.

—¡Por todos los demonios! —exclamaron, siguiendo con la mirada la figura del coronel, cada vez más desvanecida.

Tenía que ser un inmenso error, se dijeron.

Enseguida, sin embargo, empezaron a darse cuenta de que realmente no era un error: habían subestimando sus esfuerzos. El joven comprobó cómo esta convicción pesaba como una losa sobre el ánimo del regimiento entero, hasta que los hombres parecieron animales apaleados e insultados, y aún así indómitos.

El amigo, con el agravio en la mirada, se acercó al joven.

—Me pregunto qué es lo que pretendía —dijo—. ¡Debe de creer que hemos estado jugando a las canicas! ¡Nunca he visto un tipo igual!


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