La roja insignia del valor
La roja insignia del valor —Por supuesto que lo hicimos —declaró el amigo con firmeza—. Y le partirÃa la cara al que lo negara aunque fuese más grande que una iglesia. De todas formas, el problema no lo tenemos nosotros, porque he oÃdo decir a un tipo que fuimos los que mejor peleamos del regimiento. Otro tipo, claro, tuvo que salir y decir que era mentira, que él habÃa visto todo lo que habÃa ocurrido y que a nosotros no nos habÃa visto ni al principio ni al final. Y muchos salieron en nuestra defensa y dijeron que no era mentira en absoluto, que sà que luchamos como diablos y que hasta temieron por nuestra vida. Eso es lo que no puedo soportar, esos malditos veteranos siempre burlándose y riéndose entre dientes, y luego el general, que está loco.
El joven exclamó con repentina exasperación:
—¡Es un idiota! Me pone enfermo. Ojalá venga la próxima vez. Le enseñaremos…
Dejó de hablar porque varios hombres se acercaron a toda velocidad. Por la expresión de sus caras parecÃan traer grandes noticias.
—¡Flem, tienes que escuchar esto! —gritó uno, ansioso.
—¿Escuchar qué? —dijo el joven.