La roja insignia del valor
La roja insignia del valor CUANDO EL BOSQUE vertió de nuevo hacia el exterior a las oscuras masas de enemigos, el joven sintió una serena confianza en sí mismo. Sonrió levemente al ver a los hombres encogiéndose y agachándose ante los prolongados alaridos de las granadas, que caían sobre ellos en racimos ingentes. Se mantuvo erguido y tranquilo, observando cómo comenzaba el ataque contra una parte de la línea que se extendía en una curva azul sobre el flanco de una ladera próxima. El humo de los fusiles de sus compañeros no le impedía la visibilidad, de modo que podía vislumbrar retazos de la dura lucha. Era un alivio divisar, al fin, la procedencia de todo el estruendo que había martirizado sus oídos.
A poca distancia observó que dos regimientos entablaban una pequeña batalla independiente contra otro par de regimientos. Se hallaban en un claro y parecían al margen de todo. Peleaban con furor, como si se jugaran una apuesta, propinaban y recibían tremendos golpes. El fuego era increíblemente intenso y rápido. Estos regimientos absortos parecían haber olvidado la finalidad última de la guerra y luchaban uno contra el otro en igualada contienda.