La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Se disputaban ciertos tramos de una cerca o refugios seguros tras grupos de árboles como si fuesen tronos de oro o lechos de nácar. Lanzaban desaforadas embestidas contra tales emplazamientos a cada momento, de modo que la mayoría de ellos cambiaban constantemente de bando, como livianos juguetes en manos de niños. Al muchacho le era imposible deducir mediante la visión de las banderas de la batalla, que flotaban como espuma carmesí en todas las direcciones, qué ejército estaba venciendo.
Cuando llegó el momento, el extenuado regimiento del muchacho se abalanzó hacia el frente con el ardor intacto. Al sentir de nuevo el asedio de las balas los hombres estallaron en bárbaros gritos de rabia y dolor. Inclinaban la cabeza para apuntar con intenso odio tras los salientes percutores de sus armas. Las baquetas resonaban con furia cuando los brazos introducían ansiosos los cartuchos en los fusiles. Ante el regimiento se alzaba un muro de humo penetrado por puntuales destellos rojos y amarillos.