La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Apuró sus últimas fuerzas. Su visión era trémula y borrosa debido a la tensión física y mental. No veía nada más que la niebla de humo rasgada por los pequeños dardos del fuego, pero sabía que, tras ella, se encontraba la vieja cerca de una granja extinta que ahora servía de protección a los cuerpos encogidos de los grises.
Mientras corría, cruzó su pensamiento la idea del encontronazo. Esperaba que el choque de los dos cuerpos del ejército provocaría una conmoción enorme. Esta convicción se incorporó al instante a su salvaje locura bélica. Podía sentir a su alrededor el avance de su regimiento e imaginaba un golpe terrible, atronador, que abatiría la resistencia y esparciría consternación y asombro a lo largo de varias millas. El regimiento alado iba a tener el efecto de una catapulta contra el enemigo. Esta visión le hizo acelerar aún más su carrera entre sus camaradas, que dejaban escapar vítores frenéticos y broncos.
Pero, de pronto, vio que muchos hombres de gris no estaban dispuestos a soportar tamaña arremetida. El humo, al elevarse, descubrió a soldados que huían con la mirada vuelta aún hacia ellos. Pronto aquellos hombres se convirtieron en una multitud que emprendía una retirada en toda regla. De vez en cuando se volvían para disparar una bala contra la ola azul.