La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El joven mantuvo al frente la enseña brillante. Agitaba su brazo libre en furiosos círculos al tiempo que lanzaba incesantes consignas, exhortaba a los que no necesitaban exhortación alguna, pues la turba azul se arrojó sobre el peligroso grupo de fusiles con el repentino y furibundo entusiasmo que confiere la ausencia de egoísmos. Tal era la potencia del fuego que llovía sobre ellos, que pareció que el verdadero éxito iba a consistir en sembrar de cadáveres la hierba que separaba su posición inicial de aquella cerca. Pero se hallaban enajenados, tal vez por culpa de vanidades olvidadas, y llevaron a cabo una exhibición de temeridad sublime. No había preguntas ociosas ni cálculos ni diagramas estratégicos. Tampoco había pretextos o evasivas. Todo hacía prever que las veloces alas de sus deseos terminarían estrellándose contra las puertas de hierro de lo imposible.
Él mismo sentía el ánimo intrépido de un bárbaro, de un fanático religioso. Se sentía capaz de grandes sacrificios, de una muerte tremenda. No disponía de tiempo para especulaciones; era consciente de que veía las balas como objetos que podrían impedirle llegar a su objetivo. Sentía en su interior sutiles llamaradas de alegría por el hecho de pensar así.