La roja insignia del valor
La roja insignia del valor El tercer prisionero permanecía sentado con aire taciturno. Mantenía una actitud fría y estoica. A cualquier acercamiento daba siempre la misma respuesta:
—¡Oh, vete al infierno!
El último de los cuatro guardaba silencio y, la mayor parte de las veces, volvía la cara hacia donde no había nadie. El joven pensó que su abatimiento era absoluto. Probablemente, sentía la vergüenza y, además, la profunda tristeza de saber que seguramente nunca volvería a figurar entre las filas de sus compañeros. El joven no pudo detectar expresión alguna que le hiciese creer que el otro pensaba en su angosto futuro, que imaginara mazmorras, o tal vez hambre o brutalidades. Todo lo que podía adivinar era la vergüenza por el cautiverio y la tristeza por la pérdida del derecho a luchar.
Una vez que lo hubieron celebrado suficientemente, se asentaron tras la vieja cerca del ferrocarril, en el lado contrario al que había ocupado el enemigo. Algunos dispararon por inercia hacia blancos lejanos.
Había un trecho de terreno con hierba alta. El joven se acurrucó allí y descansó, apoyando la bandera en una barandilla muy apropiada. Su amigo, exultante y orgulloso, que llevaba su trofeo con vanidad, se acercó a él. Se sentaron uno al lado del otro y se felicitaron mutuamente.