La roja insignia del valor
La roja insignia del valor LOS RUGIDOS, que se habían extendido hasta formar una larga línea de sonido a través del bosque, comenzaron a ser intermitentes y a debilitarse. Los discursos estentóreos de la artillería continuaban en algunos encuentros lejanos, pero los ruidos de los fusiles casi habían cesado. El joven y su amigo elevaron la vista de pronto, como si sintieran cierta tristeza ante la desaparición de aquellos ruidos que parecían formar parte de su vida. Podían apreciar que se estaban produciendo cambios en las tropas. Marchaban de un lado para otro. Una batería avanzaba sin prisa. En la cima de una pequeña colina brillaban los fusiles de los hombres que la abandonaban.
El joven se levantó.
—Bueno, me pregunto qué ocurrirá ahora —dijo. Por su tono parecía prepararse para nuevos horrores en forma de estruendos y encontronazos. Ocultó sus ojos del sol con su mano mugrienta y miró hacia el campo.
Su amigo se levantó también y se unió a la contemplación del terreno.
—Me apuesto algo a que nos hacen regresar al río —dijo.
—¡Ojalá! —afirmó el joven.