La roja insignia del valor
La roja insignia del valor En su enorme ansiedad su corazón clamaba constantemente ante lo que él consideraba la intolerable lentitud de los generales. Parecían contentarse con permanecer tranquilos en la ribera del río, mientras él se hundía bajo el peso de su gran problema. Quería que su dilema se solucionase lo antes posible. No podría soportar esa carga durante mucho más tiempo, se decía. A veces su ira contra los comandantes llegaba a su punto más alto, y entonces recorría el campamento refunfuñando como un veterano.
Una mañana, por fin, se encontró formando en las filas de su regimiento, ya preparado. Los hombres cuchicheaban especulaciones y se contaban de nuevo los viejos rumores. En la penumbra previa al amanecer, sus uniformes brillaban con un tono púrpura oscuro. Al otro lado del río, las pupilas rojas seguían observando. Hacia levante, en el cielo, se extendía una mancha amarilla como una alfombra colocada para los pies del naciente sol; y silueteada en ella, como un recortable negro, reinaba la enorme figura del coronel sobre su gigantesco caballo.